La vulnerabilidad social, un proceso universal que afecta a cualquier persona

40º Aniversario de los Servicios Sociales municipales

La vulnerabilidad social, un proceso universal que afecta a cualquier persona

Dentro de la campaña ‘12 meses, 12 compromisos’, la trabajadora social Sonia Villalta destaca cómo el sistema público ofrece un espacio seguro para “acompañar sin juzgar”

El Área de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Manzanares conmemora este año sus cuatro décadas de trayectoria al servicio de la ciudadanía. Por este motivo, ha puesto en marcha la campaña '12 meses, 12 compromisos'. En enero, la trabajadora social Sonia Villalta publica un artículo en el que reflexiona sobre el concepto de vulnerabilidad. La profesional vincula la evolución de este recurso, nacido en 1986, con la propia historia de vida y las etapas de crecimiento de los vecinos y vecinas de la localidad.

Servicios Sociales
28-01-2026
Exterior del centro social de Casa Josito con la pancarta conmemorativa

La vulnerabilidad no consiste en un estado fijo o crónico de ciertos colectivos específicos. Por el contrario, según sostiene Sonia Villalta en su artículo, es fundamental comprender este fenómeno como “un proceso de las personas” que puede aparecer en cualquier etapa del camino. Según el texto, la exclusión no surge de forma súbita, sino que es un recorrido donde una amenaza afecta a los pilares fundamentales de la estabilidad en un momento de crisis. “Cualquier persona, familia o comunidad puede, en un momento dado de su vida, encontrarse en una situación de dificultad que haga tambalear su estabilidad y bienestar”, afirma la trabajadora social.

El artículo profundiza en la teoría de la “desafiliación social” del sociólogo Robert Castel, que describe la ruptura de los lazos que integran al individuo en la sociedad. Esta transición ocurre cuando se debilitan dos apoyos básicos: el trabajo y las redes familiares o comunitarias. Villalta advierte de que la inestabilidad laboral actual “nos puede mover en esa fina línea de estar dentro o fuera de la sociedad”, lo que traslada a la persona desde una zona de integración hacia la vulnerabilidad o, en casos extremos, a la marginalidad.

La vulnerabilidad posee una naturaleza multidimensional, ya que el ser humano depende de áreas como la salud, la vivienda, el empleo o el sistema relacional. Ante la quiebra de alguno de estos ámbitos, los Servicios Sociales de Atención Primaria actúan como el primer nivel de respuesta institucional. La trabajadora social resalta que la ventaja de este servicio es su “proximidad y cercanía”, lo que permite un diagnóstico preciso y una intervención personalizada. “Esta puerta está abierta; cualquier ciudadano y ciudadana puede pasar y se le atenderá en cualquier cuestión”, recalca Villalta.

Finalmente, esta profesional hace un llamamiento para normalizar el uso de este recurso público, todo ello en un entorno de confidencialidad y respeto donde el equipo técnico trabaja para reconstruir las capacidades de quienes sufren un bloqueo vital. Villalta define la misión del centro con un compromiso firme: “acompañar sin juzgar”. Su mensaje final busca eliminar estereotipos sobre los usuarios del área, bajo la premisa de que los Servicios Sociales “son para todos y para todas”.

Lee aquí el artículo del mes de enero:

VULNERABILIDAD SOCIAL: HISTORIAS DE VIDA Y ACOMPAÑAMIENTO DESDE LOS SERVICIOS SOCIALES DE ATENCIÓN PRIMARIA

Sonia Villalta Villa. Trabajadora Social

En 1986 se constituían por primera vez los Servicios Sociales Municipales de Manzanares, puestos a disposición de las, aproximadamente, dieciocho mil personas que en ese momento habitaban nuestra localidad.

Ese mismo año nacían quienes hoy tienen 40 años. Estas personas han pasado por una infancia arropada por sus familias, creciendo en el colegio junto a sus compañeras y compañeros. Han vivido su adolescencia y juventud encontrándose con sus amistades por calles y plazas. Algunas han marchado y regresado a Manzanares tras finalizar sus estudios, ya como personas adultas. Otras han formado sus propias familias, ahora tienen hijas e hijos, se han convertido en madres y padres, e incluso en personas cuidadoras de sus propios progenitores. En definitiva, todas han luchado para tener un espacio digno en nuestra sociedad.

Quienes hoy cumplen cuarenta años también son conscientes de que queda un futuro por delante, para ellas y ellos y para quienes les rodean. A veces miramos ese futuro con incertidumbre, porque tras cuatro décadas de recorrido sabemos que el camino no siempre ha sido fácil: han perdido a personas queridas, han sufrido accidentes o enfermedades que han sanado, aunque hayan dejado huella; han cambiado de empleo, de vivienda; así pues, han ido renunciando y remodelando sueños.

Y es que, si algo caracteriza a los seres humanos, es nuestra dimensión social. Lo que somos, no solo dependen de nuestra individualidad, sino que está condicionado, en igual medida, por el contexto ambienta y el tejido comunitario en el que nos desarrollamos. Nuestras etapas de crecimiento están acompañadas por otras personas, por una sociedad y su organización. Así conformamos nuestro pequeño universo, estableciendo las diferentes áreas de relación y ámbitos vitales que nos sostienen y que también contribuimos a sostener: nuestro empleo, nuestra familia, nuestro ocio, nuestra vivienda, nuestra formación, nuestra salud y bienestar.

Llegados a este momento de madurez, somos conscientes de que en cualquier instante nuestro camino, esa estabilidad por la que luchamos cada día, puede verse amenazada y alguna de estas áreas de nuestra vida puede verse afectada.

El sociólogo Robert Castel desarrolló el concepto de desafiliación social para describir un proceso dinámico de ruptura de los lazos que integran a una persona en la sociedad. La desafiliación enfatiza un recorrido de alejamiento de las redes de protección. Castel propone que la integración social se sostiene sobre dos pilares fundamentales: el trabajo, como fuente de ingresos y reconocimiento social; y la inserción relacional, es decir, el apoyo de redes familiares, comunitarias y de proximidad.

Sobre esta premisa, el autor organiza el espacio social en cuatro zonas, determinadas por el grado de estabilidad laboral y la solidez de los vínculos sociales:

  1. Zona de integración: trabajo estable y redes relacionales sólidas. Todas nuestras áreas vitales permanecen estables.

  2. Zona de vulnerabilidad: situación inestable donde el empleo es precario y los lazos sociales empiezan a fragilizarse. Aparece una crisis o amenaza que afecta a una o varias áreas de nuestra vida.

  3. Zona de marginalidad o desafiliación: caracterizada por la ausencia de trabajo y el aislamiento social (ruptura de vínculos). Puede darse cuando no superamos una situación de crisis y se rompen una o varias áreas vitales.

  4. Zona de asistencia: donde la persona depende de la intervención profesional al carecer de medios propios. Cuando una situación de malestar se cronifica, afecta a la mayoría de los ámbitos vitales y sociales, y la persona no puede atender por sí misma a su propio cuidado.

Uno de los puntos clave de la teoría de la desafiliación social es que se trata de un proceso, no de un estado. Esto lo diferencia del término más conocido de exclusión social, que solemos asociar a una imagen estereotipada de determinados colectivos. La desafiliación social explica cómo la exclusión social es un proceso, donde una persona, familia o grupo social, transita desde un punto de partida que se ve afectado por una amenaza. Así el proceso de desafiliación, surge de una “zona de vulnerabilidad”, donde uno o varios, pilares fundamentales se ven afectados en un momento de crisis.

Este planteamiento nos lleva a reflexionar sobre su dimensión universal de la vulnerabilidad social: cualquier persona, familia o comunidad puede, en un momento dado de su vida, encontrarse en una situación de dificultad que haga tambalear su estabilidad y bienestar.

La crisis no nos afecta por pertenecer a un colectivo en el que la sociedad nos encasilla (personas con discapacidad, personas mayores, minorías étnicas, personas migrantes, etc.), ni debe asociarse únicamente a la marginalidad, donde nos es más fácil identificar a otras personas que a nosotras mismas. La vulnerabilidad es un momento, un instante en la vida de cualquiera, en el que podemos ver amenazadas una o varias dimensiones de nuestra existencia (personal, familiar, laboral, social, residencial, etc.).

Así llegamos al concepto de vulnerabilidad social, entendida como un proceso multidimensional y dinámico que implica el riesgo de que una persona o comunidad sea afectada o dañada por cambios o situaciones internas o externas (Busso, 2001), así como su capacidad para enfrentar las adversidades (Pérez, 2000).

Ante un momento de crisis, el estudio holístico de la vulnerabilidad social nos lleva a diferenciar dos componentes:

  • La amenaza, entendida como la pérdida asociada a diferentes elementos (pérdida de vida, de recursos, de salud, de capacidades o de satisfacción, entre otros).

  • Las características y capacidades que la persona o el grupo presentan para hacer frente a esta situación de desajuste.

Llegados a este punto de reflexión, y desde nuestra propia experiencia vital, es fácil reconocernos en alguna situación de vulnerabilidad social. Además, podemos identificar cómo nos percibimos ante estas situaciones de amenaza: acompañados, bloqueadas, solos, fuertes, esperanzados, perdidas, etc. Y ante esta vorágine, necesitamos reaccionar para salir adelante.

Ante una dificultad, a veces tenemos claro dónde buscar ayuda: una enfermedad nos lleva al centro de salud; una avería doméstica, al seguro del hogar; una necesidad formativa, a un centro educativo; si no arranca el coche, al taller mecánico; ante una situación de peligro, llamamos al 112.

Pero cuando nos encontramos ante una situación de vulnerabilidad, cuando una crisis vital nos deja debilitadas, bloqueadas o aisladas, ¿dónde podemos buscar acompañamiento para encontrar una salida?

Si acudimos a la definición y finalidad que la Ley 4/2010 de Servicios Sociales de Castilla-La Mancha establece, encontramos que los Servicios Sociales constituyen el conjunto de prestaciones y equipamientos destinados a la atención social de la población, cuya finalidad es asegurar el derecho de las personas a vivir dignamente durante todas las etapas de su vida.

Esta Ley está sostenido por principios rectores, organizativos y metodológicos como la universalidad, la inclusión y la integración, el respeto a la diversidad, el fomento de la autonomía personal, la participación social y la atención personalizada e integral, entre otros.

Si atendemos al principio organizativo de descentralización, encontramos los Servicios Sociales de Atención Primaria como primer nivel de atención, respondiendo a criterios de proximidad y cercanía a la persona, y ahí es donde nos encontramos.

Entre nuestras funciones destacan: la detección de situaciones de necesidad personales, familiares y sociales que dificulten la autonomía personal y la integración social; la valoración y diagnóstico de la situación social de la persona, familia o unidad de convivencia y del entorno comunitario; y la prescripción de la intervención más adecuada, consensuada con la persona y su entorno.

Cuarenta años después, seguimos creciendo junto a nuestra comunidad, como personas y como profesionales, recogiendo la labor de las mujeres y hombres que pusieron en marcha esta institución. Nos hacemos más presentes si cabe, ofreciendo nuestra labor en diferentes espacios más cercanos a nuestros vecinos y vecinas, en sus calles e incluso cuando nos abren sus hogares.

Los Servicios Sociales de Manzanares nacieron para ello: para acompañar sin juzgar, para crear vínculos y ofrecer un espacio seguro donde reconstruir capacidades cuando sentimos bloqueo, pérdida, aislamiento o soledad; en definitiva, ante una situación de vulnerabilidad social, con una visión profesional y humana, sosteniendo, acompañando y fortaleciendo.

Bibliografía: